Una mujer caminaba sola por la calle, con un propósito claro en su mente. No sabía adónde la llevaría su camino, pero estaba decidida a seguir adelante. Lo que no sabía era que no estaba sola. Un espectador la acompañaba en su trayecto, observando cada paso que daba, cada movimiento que hacía.
La mujer parecía absorta en sus pensamientos, sin notar la presencia del espectador. Pero él la conocía bien, sabía lo que la motivaba, lo que la impulsaba a seguir adelante. Incluso entendía las dudas y los miedos que la asaltaban en su camino.
¿Quién era este espectador? ¿Un amigo, un familiar o simplemente un desconocido que se había fijado en ella? No importaba. Lo importante era que la mujer no estaba sola en su viaje. Tenía a alguien que la entendía, alguien que la acompañaba en su camino solitario.
La vida es un camino solitario, pero no tenemos que recorrerlo solos. Siempre hay alguien que nos observa, que nos entiende y que nos apoya en nuestro viaje. Solo tenemos que mirar alrededor y darnos cuenta de que no estamos solos.
La mujer siguió caminando, sin saber que alguien la estaba acompañando. Pero el espectador siguió allí, observándola, entendiendo lo que ella sentía y pensaba. Y aunque ella no lo sabía, su camino solitario no era tan solitario después de todo.