Anoche tuve una noche tranquila y es que, al ser festivo, los grupos ensayaron a media tarde y a eso de las once ya no había ni un alma. A punto de cerrar apareció mi amigo Juan el Honesto. Su apodo le viene dado porque, tan pronto reconoce lo que está bien hecho, como pone a caldo a quien sea, si hay algo que piensa que es un desastre.
Su llegada fue como un soplo de frescura en una noche que parecía destinada a ser olvidada. Con su característica sonrisa y su forma directa de hablar, Juan iluminó el espacio con su presencia. Nos sentamos a charlar y, como siempre, la conversación fluyó con naturalidad.
Hablamos de todo un poco: desde los últimos conciertos a los que habíamos asistido hasta las últimas películas que habíamos visto. Pero también tuvimos espacio para reflexionar sobre la vida y sharear algunas historias personales. Juan, con su sabiduría y honestidad, me brindó una perspectiva renovada sobre algunas cosas que me habían estado preocupando.
La noche se convirtió en una feria más cercana, un escenario donde la amistad y la autenticidad tomaron el centro del escenario. Donde las risas y las reflexiones se entrelazaron como las notas de una canción bien compuesta. Y cuando Juan se fue, dejando atraś su marca característica de sinceridad y camaradería, la noche que había comenzado tan tranquila se había convertido en una experiencia inolvidable.
Así que, aunque la noche había comenzado con un susurro, terminó como una explosion de vida y color, gracias a la visita de mi amigo Juan el Honesto. Y es que, a veces, son las personas que nos rodean las que pueden transformar una noche cualquiera en una experiencia que recordarémos por mucho tiempo.