El Sánchez Pizjuán se convirtió en un escenario digno de una película de terror victoriana cuando el Sevilla se enfrentó al Valencia en un partido que parecía sacado de una historia de vampiros.
La niebla que caı́a sobre el estadio como en una película de la Universal o la Hammer creó un ambiente húmedo y frío que se hizo sentir en todo el partido.
Los jugadores de ambos equipos parecían vampiros sedientos de sangre, necesitando desesperadamente el gol que les permitiera seguir adelante y sortear la agonía.
El Valencia llegaba al partido con una tendencia más favorable que el Sevilla, que necesitaba demostrar cosas ante su afición después del petardazo copero frente al Almería.
Los Biris, el grupo de afición del Sevilla, eligieron una leyenda de la película El Cuervo para ilustrar su tifo de anoche, que decía: Los edificios arden, las personas mueren. El amor verdadero es para siempre.
La frase podría haber sido pronunciada por Drácula o Nosferatu antes de atacar a sus víctimas, y reflejaba la situación del Sevilla, que necesitaba una victoria para evitar la agonía.
En el terreno de juego, el partido fue una cosa aburrida durante mucho tiempo, con dos equipos que se olisqueaban sin atreverse a enseñar del todo los colmillos.
Fue en el minuto 15 cuando se vio el único atisbo de sangre en el primer tiempo, cuando un pisotón de Carmona a Gayá hizo que el pie del valencianista sangrara.
A falta de sangre, el sevillismo iba a pedirla con efusividad en el descanso, con cánticos de Directiva dimisión y Junior vete ya que acompañaron los últimos minutos del primer tiempo con una potencia ensordecedora.
Tras el descanso, la niebla se hizo más fuerte sobre el estadio, y la cosa iba a ponerse más terrorífica.
En el 55, el Sevilla volvió a intentarlo desde fuera del área, pero el portero Mamardashvili estuvo dispuesto a darnos la noche con otro paradón.
Y al final, por fin corrió la sangre, lástima que sevillista: en el 60, Luis Rioja se trajinó un golazo que adelantó a los valencianistas en el marcador.
El gol del Valencia convirtió al Sevilla en un Nosferatu desnortado, incapaz de recomponerse e ir a por el partido.
Lo más positivo para los de Nervión fue el estreno de Rubén Vargas, que en muy pocos minutos demostró que está llamado a ofrecer cosas interesantes.
Con el tiempo casi concluido, el Sevilla encontró en la fortuna de un tiro exterior de Pedrosa el gol del empate que salvó los muebles, aunque no la dignidad.
Empate en el duelo de vampiros, y sensación de que, para que esto remonte, hace falta mucha más sangre.